Mejorar lo insuperable

Como ya sabes, la raza humana es una especie extraña y odiosa muchas veces. La mayoría de personas damos más valor a algo si tiene la firma de un nombre reconocido o una marca de prestigio que por su propia calidad innata. Me da igual poner de ejemplo ropa, una cubertería o un coche.

En el caso de los muebles, por ejemplo, yo peco de mitómano. Si una lámpara está diseñada por Le Corbusier me va a gustar más que otra parecida o más bonita pero cuyo diseño viene de una mano anónima. O en el caso de una silla, si es de la empresa Carl Hansen seguro que para mi es mejor que otra que incluso pueda ser más cómoda. Después está la ambigüedad de muebles de IKEA, que lanza series de piezas diseñadas por reconocidos diseñadores o arquitectos, pero que siguen siendo de calidad normal tirando a baja (calidad IKEA vaya). Comprenderás que esto me da un tic en el ojo como  a Sheldon Cooper.

Dentro de los grandes nombre de la arquitectura hay una constante al hilo de lo mencionado anteriormente. Lo digo desde la perspectiva de historiador del arte y también cuando me intento abstraer para conseguir un efecto de sorpresa por ignorancia (bastante complicado esto).

Quien viaja a cualquier ciudad del mundo y visita un museo verá esculturas y dirá, entre otras cosas posibles, que son muy bonitas. Pero si le dicen que alguna de ellas la esculpió Bernini entonces dirá que es una maravilla, espectacular, digna de un genio y demás calificativos. Lo mismo pasa con la pintura. En otro museo ves una preciosa escena de interior del siglo XV y te quedas con la boca abierta. Pero lees en la cartela que es de Vermeer y entonces los ojos se te salen de las órbitas y empiezas a jadear, como me pasa a mí.

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El vaso de vino, Jan Vermeer de Delft (1660-1662). Foto: Gemäldegalerie, Berlín.

Con la arquitectura, ídem, que es a donde sorprendentemente quería llegar. Parece que si el diseño de una iglesia es de Brunelleschi el cielo es más fácil de alcanzar, o que un palacio de Palladio fue mejor en su tiempo. Esta deriva nos lleva a adorar y fotografiar hasta llenar tarjetas de memoria (culpable) un edificio de nuestro tiempo solamente por ser obra de un Premio Pritzker. Y no siempre es síntoma de calidad y cualidad.

Hay una constante que se repite a la hora de enumerar en las típicas listas los grandes nombres de la historia de la arquitectura del siglo XX: Le Corbusier, Mies van der Rohe, Walter Gropius, Marcel Breuer, Frank Lloyd Wright, Oscar Niemeyer, Alvar Aalto… Estos nombres son los más básicos de cuantos se suelen enumerar de carrerilla. Quizá alguien quitaría alguno de los siete pero, sin duda, pondríamos muchos más, al menos uno. Un arquitecto cuyo nombre no resuena en las conversaciones de los bares pero debería colocarse en los primeros puestos de esta y de cualquier lista.

Enigmático, carismático y genial, el americano de origen estonio Louis Kahn (1901-1974) es una de las figuras más preeminentes de la arquitectura de los últimos dos siglos. Digo enigmático porque tuvo tres familias de manera simultánea y aún así tardaron varios días en identificarlo tras fallecer de un ataque al corazón en la estación de tren de Pensilvania. Carismático porque su forma de ver, de saber mirar y su pensamiento engancharon a toda una generación. Y genial porque sus obras son así.

Los edificios de Louis Kahn son rotundos, imponentes, alejados de las características esenciales del movimiento moderno de la mayoría de colegas que antes nombré. La inspiración en las ruinas y vestigios de civilizaciones pasadas crearon en su cabeza un mundo brutalista, espiritual y geométrico único. La magia que tienen sus obras es el uso de la luz y el juego de sombras que crea en el hormigón y el ladrillo visto, haciendo una “construcción reflexiva de los espacios”. Suya es la frase “el sol nunca supo de su grandeza hasta que su luz incidió en la cara de un ladrillo”. Creo que sus palabras son más que suficientes para explicar su obra.

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Hay arquitectos que han tenido (y tienen) en Louis Kahn un maestro y una fuente inagotable de inspiración. A su muerte ya era considerado el mejor arquitecto de Estados Unidos y, aunque su nombre no es tan reconocido ni nombrado como el de otros que no repetiré para no caer precisamente en ello, su obra es reconocible desde el mismo momento en el que se conoce una sola de sus construcciones.

De entre los edificios que proyectó, Kahn diseñó varios equipamientos culturales (museos y bibliotecas), casi todos en Estados Unidos y la mayoría de ellos en el estado de Pensilvania, en cuya universidad impartió clases desde 1957 hasta su muerte. Me gustaría explicar todos los edificios y sobre todo poner varias fotos de cada uno de ellos pero tranquilo que no lo haré. Quiero a elegir dos que me alucinan desde que los descubrí (seguramente mientras estudiaba y buscaba información en internet, que es ese sitio donde hay un flujo espacio-temporal infinito que te lleva a lugares insospechados cuando lo que estabas haciendo era buscar en qué año murió Akenatón), y que algún día conoceré en persona: la imponente biblioteca de Exeter en New Hampshire y el Kimbell Art Museum en Fort Worth, a las afueras de Dallas, Texas.

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Biblioteca de la Exeter Academy, Louis Kahn (Exeter, New Hampshire, 1972). Foto: Trent Bell
Kimbell Art Museum | Fort Worth, TX | Louis Kahn
Kimbell Art Museum, Louis Kahn (Fort Worth, Texas, 1972). Foto: Peter J. Sieger.

¿Son alucinantes o no? Solo pongo una foto de cada edificio porque el espacio interior de ambos es suficiente para ver la maestría con la que este hombre creaba el todo desde la nada. Louis Kahn era un genio que trabaja con tres herramientas: geometría, espacio y luz. Bueno, y un poco de hormigón.

El arquitecto chino-americano Ieo Ming Pei (1917), en adelante I.M. Pei, fue el encargado de renovar una de las mejores pinacotecas del mundo, en una maniobra de revitalización urbana del por aquel entonces presidente francés François Miterrand al inicio de su mandato. Habrás deducido que me estoy refiriendo al Louvre y a la escultural pirámide de acero y cristal del Patio Napoleón.

Su espectacular acceso es una de las mejores renovaciones que se han hecho en un edificio del siglo XVII, a pesar que hay quien, como Bezú Fache el inquisidor capitán de policía de El Código da Vinci, dice que él que es “una cicatriz en el bello rostro de París”. La pirámide exterior solo es el inicio de una dinámica y quieta continuidad con la zona subterránea del palacio tras descender por la fantástica escalera de caracol, que llega a un espacio que articula todos los corredores y descongestiona el tránsito entre las salas.

Es el interior del museo lo que me lleva a pensar en Louis Kahn. No hay mayor homenaje y mejor forma de hacerlo que cuando es claro, sincero y sin miedo de pecar de burda copia. Y el maestro Pei así lo hizo.

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Yale Center for British Art, Louis Kahn (New Haven, 1974). Foto: Scott Norsworthy
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Museo del Louvre, I.M. Pei (París, 1989). Foto: autor.

Algunas de las salas de la ampliación que acometió en el parisino Louvre son reflejos actualizados (no me atrevo a decir mejorados) de las cubiertas del Centro de arte británico de la Universidad de Yale, que Louis Kahn realizó en 1974. Ambos arquitectos juegan con la geometría para modular la luz en los espacios interiores, un elemento tan esencial en un museo como los propios clavos donde se cuelgan los cuadros.

I.M. Pei es una figura que ha dejado huella en los arquitectos de todo el mundo, pero incluso un titán como él se ve influenciado por un dios como Louis Kahn porque, como dice su hijo Nathaniel en el documental Mi arquitecto: el viaje de un hijo: “sus obras cambiaron el curso de la arquitectura”.

Abraham R.

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