Maestros del movimiento

Pocos períodos histórico-artísticos han sido tan fructíferos en cuanto a la exaltación sin límite de la belleza como el Barroco italiano, que comprende un amplio período de tiempo, desde finales del siglo XVI hasta el XVIII.

La enorme capacidad técnica de los grandes artistas que se dieron en este período de tiempo en ciudades como Roma, Nápoles o Bolonia y, aquí está el quid de la cuestión, el poder trabajar sin tener que estar sujetos a las ataduras renacentistas, consiguieron que en muchos campos artísticos se llegara a su punto cumbre.

En el Renacimiento, arquitectos, pintores y escultores creaban sus obras en base a estándares de proporción y simetría, tal como lo hacían los artistas de la Antigüedad. En el Barroco, todo eso quedó de lado en aras del puro sentimiento.

En la pintura de este período destaca sobremanera Michelangelo Merisi da Caravaggio con su majestuoso tenebrismo. En escultura el líder fue Gian Lorenzo Bernini, cuyas obras son lo más cercano a la vida real que he visto. En arquitectura, en cambio, la carrera estuvo más disputada. Además del anteriormente citado Bernini, también trabajaron bajo dominio estilístico barroco otros maestros como Carlo Fontana, Filippo Juvarra, Guarino Guarini o el que quiero tratar aquí, Francesco Borromini.

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Conversión de San Pablo, Michelangelo Merisi da Caravaggio (1601). Foto: Santa María del Popolo.

La cualidad esencial de la arquitectura barroca respecto a la renacentista precedente fue dotar a los edificios, en su gran mayoría iglesias y palacios, de un delicado y a la vez vigoroso movimiento, frente a las rectilíneas fachadas y patios de Leon Battista Alberti, Michelozzo, Filippo Brunelleschi, Jacopo Vignola y un largo etcétera de arquitectos del siglo o dos siglos anteriores.

Francesco Borromini (1599-1667), arquitecto de origen suizo, quizá diseñó el edificio que mejor ejemplifica esta cualidad en el Barroco romano y universal.

En Roma comenzó a trabajar con Carlo Moderno en la Basílica de San Pedro y posteriormente con Gian Lorenzo Bernini en el Palacio Barberini, con quien se enemistaría de por vida. Una razón de este odio mutuo se basa en que se alternaron en el puesto de principal arquitecto de Roma, uno con el Papa Inocencio X y otro con Alejandro VII, acrecentando su competencia (como Cristiano y Messi vaya).

Su primera obra importante fue San Carlo alle Quattro Fontane, San Carlos de las Cuatro fuentes o San Carlino, en la colina del Quirinal, construida entre 1634 y 1682. Esta iglesia fue la primera obra que conocí en mi primer viaje a Roma y nunca olvidaré todas las sensaciones que me produjo.

Está situada en un cruce de dos calles en donde los edificios de las esquinas, que apuntan a los cuatro puntos cardinales, tienen esculpidas unas fuentes con representaciones mitológicas de significado desconocido, de ahí el nombre de la iglesia.

La fachada de San Carlo, posterior al resto de la construcción, es etérea, onírica, como un decorado de una película del cine expresionista alemán tipo El gabinete del Doctor Caligari (1920) de Robert Weine. Su rectitud ondulante te hace sentir extrañado y a la vez curioso por entrar y descubrir lo que atesora en su interior. La cúpula es apabuyante.

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San Carlo alle Quattro Fontane, Francesco Borromini (Roma, 1682). Foto: Wikipedia
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San Carlo alle Quattro Fontane, Francesco Borromini (Roma, 1682). Foto: WikiArquitectura
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San Carlo alle Quattro Fontane, Francesco Borromini (Roma, 1682). Foto: WikiArquitectura
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San Carlo alle Quattro Fontane, Francesco Borromini (Roma, 1682). Foto: WikiArquitectura

Lo único que Borromini pidió al aceptar en encargo, incluso por encima de un salario, fue total libertad para su diseño y ejecución. Lo más importante para una persona es conocer sus límites y capacidades, y me gusta aquellos que se saben capaces de darlo todo y alcanzar las más altas cotas con su habilidad, conocimientos y actitud.

Esta portada es el mejor ejemplo del diseño Barroco en el uso de líneas curvas y geometría para crear un dinámico movimiento de juego cóncavo y convexo en fachada y una silueteada planta ovalada. San Carlo alle Quattro Fontane es el manual de la arquitectura barroca.

Hoy en día hay un arquitecto en especial que es puro dinamismo y movimiento. Cualquiera de sus edificios son identificables a primera vista, aunque solo sea por el brillo del titanio, material del que están hechos la gran mayoría de ellos. Estoy seguro que diciendo esto sabes de quién voy a hablar… Movimiento, dinamismo, titanio… ¿ya? El señor del movimiento del siglo XXI no es otro que Frank Gehry.

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Bodegas Marqués de Riscal, Frank Gehry (Laguardia, La Rioja, 2006). Foto: autor
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Casa Danzante, Frank Gehry (Praga, 1996). Foto: autor

Nacido en Toronto en 1929, donde curiosamente está construyendo su primer edificio, ganó el Premio Pritzker en 1989. No hay ciudad o, al menos, capital de cualquier país desarrollado que se precie que no tenga o quiera tener un edificio de Frank Gehry. Sus construcciones embellecen de tal manera el casco urbano donde se ubican que se pueden comprar con el deleite de ver las esculturas de Bernini en la Galleria Borghese, con la diferencia de que los “Gehry” habitables y con más utilidad.

El ojo queda atrapado recorriendo todos los recovecos de las fachadas, las cubiertas y los interiores de los diseños de este genio, para quien el avance en los programas de diseño informático fue clave en su desarrollo.

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Walt Disney Concert Hall, Frank Gehry (Los Angeles, 2003).
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IAC Building, Frank Gehry (Manhattan, Nueva York, 2007).

Desde el Barroco de Francesco Borromini hasta la más moderna arquitectura de Frank Gehry (Francesco y Frank) hay cinco siglos de espacio temporal y millones de años luz de diferencias en cuanto a materiales y conceptos de todo tipo (estilísticos, espaciales, útiles…) pero en las obras de ambos hay una simple y maravillosa constancia: el movimiento.

Abraham R.

 

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