Luis Barragán, el señor de la monocromía

La arquitectura iberoamericana suele dejarse en un segundo plano por culpa de la tradicional preeminencia europea, del exacerbado desarrollo asiático y, por supuesto, la grandilocuencia americana, líderes mundiales de todos los aspectos de nuestra vida (100% ironía). Sin embargo, hay joyas, muchas joyas, con conceptos geniales que derivan de los grandes pueblos mesoamericanos precolombinos unidas al pensamiento contemporáneo.

Hubo un señor mejicano, nacido en 1902, excéntrico para muchos por datos como que únicamente se alimentaba de comida que fuera monocroma (¿?), que cultivó una arquitectura mística y emocional dentro de la modernidad más pura.

Influenciado (como todo arquitecto desde 1920 hasta nuestros días) por Le Corbusier (1887-1965) en el uso de enormes planos, sus edificios, además, tienen grandes tintes del paisajista e ilustrador francés Ferdinand Bac (1859-1952), cuyas obras conoció tras visitar la Exposición Internacional de artes decorativas de París de 1925. De los dibujos de Bac, Barragán tomó el uso de los colores neutros como conjugación para una armonía plena, algo que deriva también de las tintas planas de los artistas japoneses de la primera mitad del siglo XIX.

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Luis Barragán en 1963. Foto: Úrsula Bernath

El color quizá sea lo más característico de la obra de Luis Barragán, al menos sí es lo más identificativo. No tenía miedo en pintar una pared de rosa, la contraria de azul y el pasillo de amarillo, colores potenciados hasta el infinito por el sol mejicano. Estos colores primarios son una evocación al arte y a la arquitectura tradicional mejicana. Y el conjunto es de una preciosa armonía.

El otro punto fuerte de la obra de Barragán es (cómo no) la luz. No hay arquitectura sin luz. La luz es el primer material constructivo, la base de toda edificación. Con el color y la luz Luis Barragán conjugó a la perfección “serenidad, silencio, intimidad y asombro”.

Antes hablé de su arquitectura mística ¿te acuerdas? “Cualquier obra arquitectónica que no exprese serenidad es un error” dijo, y estoy totalmente de acuerdo.

Actualmente hay un arquitecto que para mí es el gran místico de la arquitectura contemporánea que, como los grandes creadores, ha sabido tener como modelo a los mitos de este arte. Hablo de mi adorado Tadao Ando (Osaka, 1941), cuyos trabajos transportan a otro mundo, a un extasis tal que solo lo puedo comparar a la sensación que produce entrar en la Capilla Sixtina.

La Casa-estudio Luis Barragán (Ciudad de Méjico, 1948), además de ser el domicilio privado del artista hasta su muerte, es uno de sus mejores trabajos, de los más íntimos y puros.

La Iglesia de la luz de Tadao Ando (Osaka, 1989) es, bueno, una pasada. Cómo penetra luz por la cruz dibujada en ese hormigón perfecto que parece plastilina es maravilloso.

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Casa Luis Barragán, Luis Barragán (México, 1948). Foto: Casa Luís Barragán.
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Iglesia de La Luz, Tadao Ando (Osaka, 1989). Foto: Hiromitsu Morimoto.

En este post no voy a comparar solo dos obras, van a ser cuatro. ¡Sorpresa! Además del parecido entre el delicado aspa del enorme ventanal de la zona interior de la Casa Luis Barragán y la mágica cruz de la Iglesia de la luz de Tadao (le llamo Tadao porque es como mi familia), quiero sacar a relucir otro edificio de Barragán. Quizá el mejor.

El arquitecto mejicano falleció por culpa del Parkinson el 1988 pero gracias a “Dios” fue convencido para realizar una última obra. En 1976 Pancho Gilardi y Martín Luque, propietarios de una agencia de publicidad, consiguieron convencer a Luis Barragán para que diseñara un último edificio, su canto de cisne, donde pudo hacer todo lo que siempre quiso: poner en práctica todos los conceptos e ideas que no le habían permitido hasta entonces y utilizar todos los colores que nunca pudo pintar.

El resultado fue la magnífica Casa Gilardi, un templo espiritual donde vivir. Me faltan palabras para describir la perfección y la delicadeza que tiene ese edificio. Incluso la palabra edificio me resulta bruta para referirme a él. El juego precioso y precio de la luz que acentúa y atenúa de igual manera los colores y los espacios es algo fantástico. Es una joya, es arquitectura pura.

¿Y dónde hay influencia de esta obra te preguntas? Se me ocurren varias, pero quiero sacar a relucir una en particular no sólo por el parecido formal, si no por el nexo sensorial.

Si Luis Barragán y Tadao Ando son los dos grandes místicos de la arquitectura (al menos para el que escribe), el suizo Peter Zumthor (Basilea, 1943) es el gran poeta del diseño constructivo de nuestro tiempo.

Leer su libro “Pensar la arquitectura” (Gustavo Gili, 2014) es deleitarse con un pensamiento delicado, con unas palabras suaves, con una mente grácil y magnética, transportarse a un mundo onírico muy real donde sus obras son pinceladas de una pasión nacida en la ebanistería, en un trabajo delicado.

Qué mejor lugar donde levantar un edificio con su pensamiento tranquilo y comprometido que en su Suiza natal. Las termas de Vals son un rotundo bloque que pasa totalmente desapercibido ya que está metido en la ladera de la montaña, semejando a un búnker. Pero por dentro… la historia es diferente. No olvidemos que es un spa, diseñado con toda la paz y el sosiego que tiene que transmitir una tipología así para que los usuarios consigan aquello para lo que han ido.

El juego de luces, donde finas líneas de luz natural se cuelan por estudiadas aberturas en el grueso muro, y su reflejo en el templado agua de las piscinas es simplemente fantástico.

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Casa Gilardi, Luis Barragán (Ciudad de Méjico, 1976). Foto: César Pesquera
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Termas de Vals, Peter Zumthor (Vals, 2006). Foto: Helene Binet.

Luis Barragán, un maestro de la arquitectura contemporánea, galardonado con el Premio Pritzker en  1980 (fue el segundo galardonado en la historia de este premio tras Phillip Johnson) que, al igual que pasó con Antonio Salieri, quien pasó toda su carrera a la sombra de Mozart, también estuvo en un segundo plano. Pero eso a él nunca le preocupó.

Abraham R.

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