Los cinco puntos de una vieja arquitectura

Pensemos un momento en los centros neurálgicos de las ciudades europeas, en cualquiera de ellas. Al margen del rico patrimonio histórico de muchas de ellas o de su orografía, de un tiempo a esta parte la mayoría de las urbes parecen prácticamente la misma.

Haces un viaje a cualquier país de Europa (por no globalizar demasiado el relato), paseas por sus calles y parece que no te hayas movido de la tuya. Ciudades con las mismas tiendas, idéntico mobiliario urbano, adaptadas a unos modos de vida predefinidos e incluso habitadas por gente vestida de la igual manera y con idénticas costumbres. ¿Es así o no?

El único camino que las ciudades tienen para diferenciarse es, por suerte o por desgracia, a través del arte de la arquitectura. Y, sí, aunque muchas veces se le olvide a mucha gente, la arquitectura es un arte, la mayor de ellas.

Rem Koolhaas, en su manifiesto Delirios de Nueva York, una obra que, por cierto, debería ser una asignatura entera en las facultades de arquitectura, refleja a la perfección y de manera premonitoria (está escrito en 1978) la deriva de la sociedad occidental hacia el desarrollo exacerbado de los núcleos de población masificados y artificiales y, como a consecuencia de ese descontrol, surgen tipos de arquitectura que son, cuanto menos, extravagantes. El director de OMA (Office of Metropolitan Architecture), premio Pritzker en 2000, pone a la isla de Manhattan como ejemplo de un urbanismo que, por muy estudiado y “artístico” que sea, no resuelve las necesidades de la población.

En muchos casos, los grandes proyectos urbanísticos y las nuevas edificaciones no resuelven los problemas de las zonas donde se construyen y, por consiguiente, no ayudan a mejorar la vida de los habitantes que las pueblan. ¿Sólo yo pienso en Brasilia?

Mención especial merecen las ciudades chinas. El gobierno del gigante asiático decretó hace pocos meses una serie de normas y reglas constructivas sumadas a la prohibición de construir “lo que sea”, ya que gracias al potente desarrollo económico de China, la nueva potencia se estaba convirtiendo en el campo de experimentación de arquitectos de todo el mundo donde poder desarrollar sus proyectos más descabellados.

Avanzando un poco de lo que es el puro urbanismo, descubrimos un tipo de arquitectura que tiene como leit motiv la creación de un símbolo, la erección de un edificio famoso. No quería usar este término pero es el más preciso; el objetivo de esa arquitectura es inventar un edificio reconocido por la comunidad arquitectónica y artística y, sobre todo, por la ciudadanía.

Cientos son los ejemplos en los que una edificación se convierte en el icono de una ciudad y hace que sea “famosa”. Incluso, en muchos casos, esa obra es el símbolo de todo el país: las milenarias pirámides de Giza en El Cairo, el Big Ben de Londres, la Torre Eiffel de París u obras contemporáneas como la Ópera de Sidney o la mayoría de edificios de la anglo-iraní Zaha Hadid identifican automáticamente su localización geográfica.

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Sidney Opera House, Jorn Utzon (Sidney, 1973). Foto: George Rose/Getty Images News Collection

En España, el mejor ejemplo de esta práctica cuasi marketiniana es el Museo Guggenheim de Bilbao, obra del Premio Pritzker canadiense Frank Gehry. Ligado al nombre del museo neoyorkino, el diseño del plan urbanístico partió de las mayores dificultades posibles.

La idea surgió de la necesidad de revertir la situación de decadencia en que estaba sumida la zona de la ría bilbaína donde se decidió construir, otrora punta de lanza de la industria española (aunque la ubicación exacta se cambió tras aceptarse el proyecto). Desde el inicio tuvo que lidiar con problemas políticos, una grave crisis económica y con el terrorismo que asolaba el País Vasco y el resto del territorio español.

El acierto en el timming de las decisiones, sumado al total apoyo al proyecto y al arquitecto por parte de las autoridades e instituciones y, finalmente aunque costó, también de la sociedad bilbaína (al inicio hubo mucha oposición), consiguió que, tras 20 años de su inauguración (este 2017 cumple el vigésimo aniversario), Bilbao esté situada en el mapa internacional y afianzada como una ciudad moderna, cultural y vanguardista. Y todo, gracias a un solo edificio. ¿Magia verdad?

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Museo Guggenheim, Frank Gehry (Bilbao, 1997). Foto: Fundación Guggenheim Bilbao

Siguiendo esta senda, otras urbes han intentado copiar el modelo y conseguir el “efecto Guggenheim”, pero por razones de diversa índole, desde sociales, económicas o por los ya endémicos intereses políticos, el resultado ha sido dispar. Siempre, eso sí, los promotores de estos proyectos urbanísticos han querido contar con arquitectos de primerísimo nivel, los mal llamados starchitects, como suponiendo que por su aura de maestros serían capaces de solucionar todos los problemas.

Hamburgo quizá sea la ciudad que mejor savoir faîre ha ejecutado en estas lides. Un gran proyecto urbanístico ideado ya en los 80 de nombre Hafencity, ha propiciado la revitalización de una antigua área industrial del puerto de la ciudad alemana dedicada a la descarga de navíos y al almacenaje llamada Speicherstadt (“ciudad almacén”, parte de ella está catalogada como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO), reconvirtiéndola en una zona llena de parques, paseos, embarcaderos, oficinas, viviendas y equipamientos culturales. Edificios de Herzog&De Meuron, David Chipperfield, EMBT-Enric Miralles Benedetta Tagliabue o Richard Meier ponen el broche a un proyecto que es una muestra más de eficiencia germana.

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Hafencity (Hamburgo). Foto: Maxim Schulz

Santander, pequeña ciudad de larga tradición pesquera, pretende ser la “nueva Bilbao” en el norte de España, auspiciada por el apoyo económico del banco homónimo. Emilio Botín, difunto presidente de la entidad, puso todo su empeño en conseguir que la capital cántabra tuviera el suficiente y necesario auge social, económico y cultural para equipararse a otras ciudades del marco nacional. ¿Cómo? Regalando a los ciudadanos un edificio que sirviera de punto de encuentro y a la ciudad, su icono.

El proyecto del genovés Renzo Piano, Premio Pritzker en 1998 (seguimos con los Pritzker que diseñan iconos: Utzon, Hadid, Gehry…), fue el ganador del concurso. El arquitecto italiano ha realizado en Santander una obra actual y de futuro que me atrevo a decir que bebe de los postulados y teorías del que es el mayor genio creador de la arquitectura de siglo XX: Le Corbusier.

En su juventud, Piano viajó por toda Europa con la intención de conocer las obras de los grandes arquitectos, realizando el tradicional grand tour que todo artista hace durante su período de formación para aprender de los maestros. De todos los edificios que pudo ver, de todo lo que aprendió, sin duda las enseñanzas de Le Corbusier fueron vitales y se reflejan, adaptadas y actualizas, en su primera obra española.

La vida de estos dos arquitectos ya se unió años atrás, cuando Piano realizó una obra en la misma zona donde había un edificio ya existente de Le Corbusier, una de sus obras maestras por cierto. Pero no es momento de hablar de eso ahora, recordadme escribir sobre ello más adelante.

De nombre Charles Edouard Jeanneret-Gris (1887-1965), Le Corbusier (derivación humorística del apellido materno, Lecorbesier) postuló lo que para él debían ser las cinco premisas constructivas en las que tenía que basarse toda edificación, convirtiéndose en la mayor innovación conceptual de la arquitectura a principios del siglo XX. Desde entonces y gracias a ello, el modo de construir cambió para siempre.

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Villa Savoya. Le Corbusier (Poissy, 1929). Foto: autor
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Centro Botín, RPBW (Santander, 2017). Foto: autor

El Centro Botín, levantado por la mano de Renzo Piano Building Workshop (RPBW) en colaboración con el estudio español Luis Vidal+Arquitectos es para mí una maravillosa adaptación al siglo XXI de los preceptos constructivos de Villa Savoya, la machine à habiter o “máquina de habitar” que Le Corbusier diseñó en 1929 en Poissy (París), donde desarrolló sus cinco puntos para una nueva arquitectura. La Villa Savoya es, ya desde su construcción, el paradigma de la arquitectura moderna y aquel que la visita sabe por qué.

Situados en la línea de costa sobre la bahía de Santander, los dos volúmenes del Centro Botín, que según el arquitecto “son como naves espaciales recién aterrizadas”, se erigen sobre profundos pilotis de diferente grosor y altura. La tienda y cafetería están bajo el bloque oeste cerradas por un muro cortina para no interrumpir la visión del mar desde los Jardines de Pereda. Con esta configuración del edificio, elevándose sobre el suelo, se consigue una planta baja libre, es decir, el edificio no es un obstáculo, si no que actúa como nexo entre él mismo, la ciudad y el mar.

Para Le Corbusier, el dueño del espacio libre a nivel del suelo era el coche, la máquina del futuro que tanto le obsesionaba; en el caso español y actualizando el concepto a los nuevos modos de vida, es un espacio dedicado al peatón y a la bicicleta, ya que el carril-bici de la ciudad pasa justo por debajo.

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Planta baja y pilotis de la Villa Savoya. Foto: autor
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Planta baja y pilotis del bloque este del Centro Botín. Foto: autor

Las fachadas frontales del Centro Botín, caras que dan al mar hacia sur y a la ciudad al norte, están cerradas por una reinterpretación de lo que Le Corbusier llamó ventanas en longeur, ventanas longitudinales que, al estar libre el muro exterior de función sustentante, podían disponerse con libertad para mejorar el asoleamiento interior. Aquí, Piano ha convertido las ventanas alargadas de Le Corbusier (pensemos también en la Villa Le Lac en Corseaux, Suiza) en muros cortina que abarcan las dos plantas de ambos volúmenes, otorgando una gran luminosidad al interior y mejorando la comunicación visual con el exterior del edificio.

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Ventana en longeur de Villa Savoya. Foto: autor
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Muro cortina del volumen oeste del Centro Botín. Foto: autor

El interior de la edificación francesa está resuelto con una delicada y rotunda configuración espacial perfecta. El techo, al estar soportado por columnas vistas, provoca que las paredes interiores pueden levantarse al gusto, ya que como no tienen sino sustentante, separan los espacios y crean amplias estancias diáfanas según la necesidad de los habitantes.

El bloque grande del Centro (el volumen oeste) está dividido en dos pisos que funcionan como salas expositivas totalmente diáfanas, esto es, de planta libre para articular el espacio acorde a las necesidades, dependiendo de las exposiciones que se lleven a cabo o de las características de las mismas.

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Planta libre del interior de Villa Savoya. Foto: autor
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Planta superior del volumen oeste del Centro Botín. Foto: Enrico Cano

Volvamos al exterior. Para Le Corbusier, la techumbre de la vivienda debía estar rematada por una terraza-jardín, un lugar que uniera en vertical al edificio con el terreno en el que se levanta, además de ser una zona de esparcimiento para los habitantes. Piano ha adaptado este punto con dos soluciones distintas: como una espaciosa terraza sin jardín sobre el volumen este, que permite disfrutar de una maravillosa panorámica de la bahía de Santander, y en el volumen oeste ha diseñado una gran luminaria que ocupa casi la totalidad del techo del bloque permitiendo que entre luz natural a toda la sala superior.

La plaza que une ambos bloques del Centro, con sus pasarelas que se alzan sobre la bahía llamada Pachinko, también puede considerarse una terraza, también sin jardín.

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Terraza-jardín de Villa Savoya. Foto: autor
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Terraza del bloque este del Centro Botín. Foto: autor

Espacio, luz y orden, “esas son las cosas que los hombres necesitan apenas tanto como necesitan el pan o un lugar para dormir”, dijo el mayor exponente del Movimiento Moderno. Esas son las herramientas fundamentales del arquitecto, desde Le Corbusier hasta Renzo Piano. Apenas 90 años de diferencia entre ambos edificios. Casi nada ¿eh?

Piano ha podido modernizar los viejos cinco puntos que Le Corbusier ideó para una vivienda  privada adaptándolos a un equipamiento cultural, tipología en la que se ha hecho especialista tras hacer el Centre Pompidou (junto a Richard Rogers; París, 1977), el Museo Nemo (Amsterdam, 1997), el Centro Cultural Jean-Marie Tijbaou (Nueva Caledonia, 1998), el Museo Astrup Fearnley (Oslo, 2012), el Whitney Museum (Nueva York, 2015), la Fundación Stravos Niarchos (Atenas, 2016)…

Para este diseño ha tenido que cumplir tres condiciones: que no interrumpiera la vista de la bahía, que uniera el mar con la ciudad y que fuera un punto de encuentro y contacto para los santanderinos. Sin duda, el resultado es de una armonía extraordinaria.

El Centro Botín es la promenade arquitectónica que para Le Corbusier toda construcción debe conjugar con el espacio en el que se encuentra, ya que sólo a través del recorrido que se realiza a través del edificio puede ser entendido y comprendido. “Cuando estás ahí, paseando debajo de este edificio, estás enmarcando el horizonte. La idea de infinito viene de esta idea: tienes algo cercano, y luego, nada”, ha dicho el arquitecto. Renzo Piano ha hecho en Santander un edificio que puede ser andado por debajo, por dentro, entre los bloques y por arriba. Bravo.

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Pachinko del Centro Botín, RPBW (Santander, 2017). Foto: autor

Construir un símbolo de la nada es complicado y más si cabe si pretende ser el centro neurálgico y cultural de la vida una ciudad y su símbolo. Renzo Piano ha diseñado un continente lo suficientemente bello como para que sea el icono del Santander del siglo XXI. Ahora debe ser el contenido el que lo complemente y lo llene de vida, función de la Fundación Botín, el brazo cultural del potente entramado empresarial del Banco Santander.

El Centro Botín es el primer proyecto de Renzo Piano en España y es la gran obra arquitectónica de Santander, erigido con “viejas ideas” del siglo XX para mejorar la vida del siglo XXI.

Abraham R.

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