No te mueras sin ir a Ronchamp

Este título no es invención mia, es demasiado profundo como para que se le ocurra a una mente lega como la mía, pero expresa mucho más de lo que dicen sus siete palabras. Esta frase se la dijeron al maestro Francisco Javier Sáenz de Oiza (1918-2000), arquitecto navarro autor de algunas de las obras que son el mayor exponente del postmodernismo arquitectónico español.

Para quien no le conozca, Sáenz de Oiza es el autor de edificios como el Santuario de Aránzazu en Oñate (1954), de las Torres Blancas en Madrid (aunque ni son torres ni son blancas; solo se levantó una), del mítico edificio del BBVA, también en la capital y hoy llamado Castellana 81 (1978), y del Palacio de Festivales de Santander (1991), un edificio tan rotundo como polémico y bello.

Su arquitectura pretendía congeniar el resto de artes, haciendo en muchos casos indisoluble el edificio y de la ornamentación escultórica. Sáenz de Oiza parecía un relojero en su minucioso trabajo a la hora de inventar plantas, con claras influencias de las corrientes en las que se cataloga a los grandes maestros contemporáneos.

Una de las últimas obras que diseñó y que de hecho se construyó de manera póstuma en su Navarra natal, concretamente en Alzuza, es la fundación-museo de otro navarro ilustre, maestro en otro campo artístico y gran amigo personal. Tan amigo, que Oiza le llamaba “padre”. Me refiero a Jorge Oteiza y al edificio donde se guarda su legado intelectual y escultórico.

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Fundación-Museo Jorge Oteiza (Alzuza, Navarra, 2003)

Ninguno de los dos vieron la obra inaugurada, pero ambos dejaron un legado maravilloso, tanto por el continente como por el contenido. El edificio es un gran bloque de hormigón, de formas sencillas, repleto en su interior de esculturas y obras plásticas de Oteiza. Mayor simpleza exterior, mayor belleza interior.

Siempre me ha parecido evidente la conexión entre el edificio de la Fundación-Museo Jorge Oteiza con una de las construcciones más icónicas del siglo XX, situado en el país vecino y construido apenas 50 años antes, y esta conexión se refuerza en mi mente cada vez que me repito la frase que da título a este post: “no te mueras sin ir a Ronchamp.”

La estrecha relación que tuvo Sáenz de Oiza con Jorge Oteiza durante toda su vida, desde que coincidieron en los trabajos del Santuario de Aránzazu se manifiesta en muchas obras. Fue el escultor navarro quien dijo al arquitecto, casi al final de su vida, la frase “no te mueras sin ir a Ronchamp”, instándole a que visitara Notre-Dame du Haut, la pequeña y maravillosa capilla que se encuentra en Ronchamp, cerca de la frontera entre Francia y Suiza. Quien firma esa obra es Le Corbusier, el genio, a quién Oiza consideraba parte de su familia.

Los que viajan hasta Ronchamp para ver Notre-Dame du Haut tienen otra parada obligada dentro del mundo corbuseano: el Convento de Santa Maríe de La Tourette, localizado en Eveux, a las afueras de Lyon. Sáenz de Oiza visito ambas obras en su viaje recomendado en el tiempo en el que  proyectaba el Museo Oteiza y las influencias de La Tourette en la obra navarra son maravillosamente perceptibles.

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Convento de La Tourette (Eveux, 1960)

La Tourette es una maravilla de edificio de béton brut construido en los años 50 para una comunidad de dominicos. No me voy a meter en el estudio estilístico y técnico porque puedo estar escribiendo toda la semana, si no en una de sus características y cómo pudo influir a Sáenz de Oiza para diseñar la Fundación-Museo Jorge Oteiza.

Lo que me resulta común entre el edificio de la Fundación-Museo Jorge Oteiza y el Convento de La Tourette es una de las señas de identidad de Le Corbusier: la conjugación de la luz y el espacio y, tanto en el exterior como en el interior de ambos edificios se aprecia esta sinergia.

El convento francés es un enorme bloque de hormigón que forma un cuadrado organizado en base a un patio interior, sostenido sobre unos altos pilotis planos que salvan el desnivel del terreno. En el lado norte, un pequeño volumen exterior de pared curva (el mayor toque organista del imponente edificio) tiene como remate tres formas cilíndricas no simétricas entre sí cuya función es proyectar luz natural al interior, una sala donde hay siete altares, cuyas paredes están pintadas con los típicos colores primaros de Le Corbusier creando una extraña y cálida sensación de densa espiritualidad.

El museo navarro, como decía anteriormente, es un sencillo pero no tan simple volumen de hormigón que Sáenz de Oiza remata reconvirtiéndo los tres cilindros de la capilla de La Tourette en tres formas troncocónicas de acero corten que de la misma manera que en el convento francés inundan de luz las esculturas de Oteiza. Pocos arquitectos podrían haber sintetizado esta característica y moldearla a su gusto con tanta maestría.

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Convento de la Tourette (Eveux, 1960)
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Fundación-Museo Jorge Oteiza (Alzuza, Navarra, 2003)
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Fundación-Museo Jorge Oteiza (Alzuza, Navarra, 2003)
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Convento de La Tourette (Eveux, 1960)

Francisco Javier Sáenz de Oiza es uno de los grandes arquitectos de la segunda mitad del siglo XX en España que como gran artista ha sabido conjugar las enseñanzas de los maestros anteriores. Durante su longeva carrera proyectó una serie de edificios que, de no saberlo, bien podríamos decir que son diseños de Alvar Aalto, Frank Lloyd-Wright o Le Corbusier.

Abraham R.

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